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Habíase
olvidado ya, que contaba por una de sus veinticuatro bailías en el
territorio castellano (en un documento del archivo de la catedral de Toledo
se nombra a Ceinos entre las veinticuatro bailías, si bien, corrompido
el vocablo con el de "safines")
y que a su iglesia fue traído hacia 1222 desde Baeza el cadáver
de D. Gonzalo Nuñez, el último de los turbulentos hermanos Laras,
que falleció emigrado con poca honra entre los enemigos de su fe y
de su patria, y tal vez al morir, quiso a ejemplo de sus hermanos, vestir
el hábito de alguna sagrada milicia.
No sabemos porque fatalidad, aunque tan espléndida y hermosa y labrada
a toda costa de sillería que tanto escasea en la comarca, siempre se
la miró mas bien como un vejestorio que como un monumento; y así,
en 1799, propuso derribarla un clásico arquitecto Francisco Álvarez
Benavides para construir con su piedra una maravilla en regla en la parroquia
principal; así fue destinado su recinto a cementerio, acelerando quizá
de esta suerte su ruina en vez de conjurarla. Los ancianos cuentan que el
edificio se prolongaba sobre el solar donde han brotado casas ahora, y donde
alcanzamos aún a ver sillares con labores bizantinas procedentes acaso
del claustro o convento adjunto; en cuanto al templo, permanecía de
pie pocos años hace, y pudimos contemplar todavía su nave única
y sus gruesas columnas de grandiosos capiteles toscamente esculpidos de follaje
que daban vuelta al ábside por dentro y por fuera. Sobrevivíole
muy poco la robusta torre, que con sus dos órdenes de ventanas orladas
de doble moldura de estrellas cuadrangulares, con su airoso chapitel de pizarra,
y sobre todo, con las rojas y amarillentas y verdosas tintas de sus muros,
refrigeraba dulcemente el ánimo aburrido por la fatiga de la jornada
y la insipidez de aquellas vastas llanuras.