En los
ocho lados de lo que pudiéramos llamar cimborio, figuran preciosas
ventanas; distribuidas de dos en dos pero cegadas las que caen encima de las
pechinas, las otras campeando solas y estrechándose por fuera, abren
a la luz una angosta rendija. Nunca en tan reducido trecho, desplegó
más copiosas y gentiles galas el arte bizantino.
Severa y sin ostentación es la entrada que desde fuera a dicha estancia
conduce, abierta sobre una desmoronada gradería, a un lado del muro
exterior, formando un arco decreciente de medio punto, cuyo espesor flanquean
cuatro columnas por lado, mientras que ocupa el centro de la cortina una claraboya
circular a modo de estrella cercada de característica moldura. Pero
la salida de enfrente, que da al atrio del derruido templo, reserva al viajero
las más agradable sorpresas. Compónenla cinco arcos sostenidos
por grupos de columnas pareadas que apoyan como en los claustros sobre un
zócalo corrido, sirviendo de portal uno de los lados y los restantes
de ventanas, según se acostumbra en ciertas aulas capitulares. Festonean
su semicírculo las estrellas o cabezas de clavo, en cuya sencilla combinación,
conforme sea el punto de vista, tan variados dibujos se encierran: follajes
desplegados en airosas volutas, trenzados que entretejen canastillos, figuras
de hombres y aves enlazadas y revueltas con gruesos tallos, rivalizan en adornar
con fecundidad prodigiosa los capiteles. Pegadas unas, y labradas otras en
los mismos fustes de las columnas, sobresalen bárbaramente mutiladas,
cinco estatuas algo menores que el natural cuyo severo aspecto y tosca ejecución
dan al edificio un carácter triste y misterioso.
Cuando desaparecen de lo alto del muro los últimos reflejos del sol
poniente, la oscuridad, el silencio, aquellos destrozados cadáveres
de piedra, y los humanos despojos que arroja de vez en cuando el removido
suelo evocan del fondo del alma, graves y lúgrubes pensamientos.