MARGARITAS Y AMAPOLAS
Las tierras
de Paiares,
pertenecían a la encomienda templaria de Ceinos, pero se dio el caso,
en el año 1291, de que sus habitantes eran vasallos del cabildo de
León, por lo que se promovió un pleito entre dicho cabildo
y los templarios sobre cuál de los dos estamentos tendría
que recibir el diezmo de los campesinos. La cuestión se resolvió
de forma salomónica, recibiendo el Temple y el Cabildo leonés
aquel impuesto a partes iguales.
Este problema económico había ocasionado enfrentamientos entre
población, caballeros templarios y representantes leoneses que no
siempre se dirimieron pacíficamente. Más de una vez llegaron
a relucir espadas, puñales y garrotes, y más de un batallador
defensor de sus presuntos derechos sufrió graves consecuencias de
estos apaleamientos.
La cosa fue en algunos momentos de la historia verdaderamente grave. Las
dos partes en litigio querían hacer valer sus derechos, y así
ocurría que cuando el Temple cobraba a sus campesinos el diezmo de
la añada correspondiente, al poco eran los leoneses los que por la
fuerza repetían la acción, y así, los pobres vasallos,
sin comerlo ni beberlo, y nunca mejor aplicado el símil que de hambre
sucumbían ante tanto impuesto, pagaban doble soldada a sus dos señores
superpuestos. Y no se crea que la cuestión no ocurría al revés.
Si el primer cobrador era leonés, el segundo lo era templario. El
resultado para el pagador, el mismo: año de miseria.
En el siglo XIII los conceptos de vasallaje y sometimiento del campesinado
a los señores naturales de sus tierras era un concepto social asumido
totalmente. La obligación del pago del diezmo a cambio de tierras
que labrar y soldados que les defendieran era cosa asumida por el trabajador.
Cada orden social, en esa época, estaba en su sitio y cada sector
asumía su papel automáticamente.
Sin embargo a mediados de dicho siglo, allá por los años de
1260, ciertas voces discordantes se alzaron desde el seno de la propia Iglesia
y doctrinas, que enseguida fueron consideradas como heréticas, trataron
de defender con vigor desde el campo de la religión los derechos
de los más humildes, tratando, a la vez, de suprimir los abusos que
en algunas circunstancias, y siempre por la fuerza, eran ejercidos contra
ellos.
Así llegaron a Paiares
unos monjes venidos de no se sabía dónde, que empezaron a
predicar su mensaje por plaza y calles, afirmando la igualdad total de los
hombres, el sometimiento del poder eclesial a los valores morales de los
hombres y la desvinculación de los poderes terrenales de todo lo
que moralmente no fuera justo. Tales mensajes, sembrados entre una población
empobrecida por la doble imposición forzada por las circunstancias
de las que eran ajenos, condenados a la hambruna permanente y sin posibilidad
de defenderse de tal injusticia por la obediencia debida a unos como señores
feudales y a otros como vasallos eclesiásticos, calaron rápidamente
y pronto se estableció un movimiento, primero dialéctico y
luego de acción, contra los opresores económicos, desmitificados
por los razonamientos monjiles.
Sembrada la semilla y comprobado que había caído en tierra
de buena calidad y mejor abono, los monjes desaparecieron igual que llegaron,
sin saber a dónde ni por dónde. Pero la revuelta estaba servida
y, aunque momentáneamente larvada, pronto fructificaría de
forma visible.
Cuando al siguiente año, se cuenta que en 1263, llegó la época
de la recaudación, primero cobró el más listo de los
señores, y luego, al poco, lo pretendió el segundo. El pueblo,
que recordaba perfectamente las prédicas recibidas y, que en consecuencia,
se sentía moralmente protegido en su derecho a no pagar doble por
sencillo, decidió acabar con tal situación y, al menos, conseguir
por un año poder comer.
Así que, dirigidos por uno de ellos, no importa cuál, se reunieron
en cónclave civil y después de largas discusiones decidieron
actuar en defensa de sus cosechas y dineros. Acordaron reunir a sus señores
aprovechando la fiesta patronal, hondamente respetada por todos. Cursaron
las correspondientes llamadas a las partes y consiguieron que el día
del patrono, frente a la ermita de su santo, se reunieran templarios y leoneses
junto a las fuerzas vivas campesinas. Allí, cuando todos esperaban
una ceremonia religiosa, tal como la tradición mandaba, el cabecilla
de los campesinos habló así:
«Caballeros templarios: con vuestras mentiras y añagazas habéis
difamado a los cabildeños leoneses. Los habéis acusado de
usureros y ladrones y así habéis venido consiguiendo año
tras año que nuestros diezmos fueran a parar a vuestras arcas. Vosotros
leoneses, habéis obrado con igual mala fe. Acusáis a los caballeros
de herejes y blasfemos. Afirmáis que son idólatras porque
adoran una cabeza a la que consideran divina y afirmáis que en sus
rituales son obscenos y sodomitas. Así, también vosotros habéis
conseguido ganar nuestro impuesto. Nuestro pueblo está hambriento
y no puede seguir pagando a dos señores. Por tanto, aquí,
ante nuestro santo patrón, os emplazamos para que dirimáis
cuál de los dos dice verdad, lo que deberéis defender por
vuestro honor y honra en combate incruento en justa lid y bajo las reglas
de la caballería, la cual ambos profesáis».
Tan inspirada plática en tan rudo hombre asombró, no sólo
a los dos bandos aludidos, sino más aún a sus propios convecinos.
Y más se asombraron cuando vieron que el orador les invitaba a retirarse
al poblado dejando sobre la campiña solos a los dos bandos que habían
recibido, como es de suponer, como dardos de fuego envenenados las afirmaciones
que se atribuían a sus contrarios.
Por más que unos juraron a otros que lo dicho era falso y que tales
palabras jamás salieron de boca de ninguno de sus compañeros,
ni unos ni otros se creyeron y ambos se sintieron ofendidos hasta el punto
de que ya no se trataba de atender el desafio desatado por los villanos,
a los que por tales no consideraban dignos de atender, sino más bien
por su propio orgullo así mancillado.
Por tanto, allí mismo y en ese mismo momento, sin más preparativos,
decidieron entablar combate singular que dejara claro cuál de los
dos bandos mentía. Con tal decisión, la villanía salía
triunfante con la astucia del labriego ante el poder cerrado a la razón
de los orgullosos señores.
Ambos decidieron que el combate se dilucidaría sin muerte, con armas
desmochadas, vamos, que se configuró una batalla a garrotazos teñida
por el manto de la caballería. El resumen, en vez de palos, lanzas
sin punta y espadas sin filo.
Así se inició el combate entre dos tropas, formadas ambas
por buenos cristianos, hermanos fratricidas, que lucharon con tal ferocidad
entre sí que, pese a la condición no cruenta de la batalla,
se saldó con muy malheridos contendientes, tanto de los unos como
de los otros.
La sangre tiñó el campo de gruesos goterones y regueros mezclándose
la de unos con la de otros. Toda era sangre cristiana y toda había
sido derramada por la astucia de un vasallo que supo enfrentar a sus dos
señores. No hubo vencedores ni vencidos. Perdieron los dos bandos,
que, a partir de aquel momento, quedaron deslegitimados ante sus súbditos,
a tal punto que por algunos años ninguno de los dos se atrevió
a exigir el tributo, debido a la vergüenza que sentían al recordar
su brutal enfrentamiento.
Pasados varios años, las cosas volvieron a intentar ser como antaño,
pero en esta ocasión los súbditos negaron el pago del impuesto
a sus señores, y así ni templarios ni leoneses pudieron conseguir
un sólo celemín de sus campesinos. Cuando vieron la inutilidad
de sus intentos, decidieron optar por lo más razonable, someter su
pleito a autoridades superiores y que éstas designaran quién
tenía razón. Así se consiguió la paz y el acuerdo,
tal como se ha relatado.
Lo legendario de este hecho es que en el momento en que ambos bandos aceptaron
la sentencia que determinaba el reparto del tributo, en la campiña
frente a la ermita del patrón de Paiares,
donde antaño se había desarrollado tan nefasto combate, surgió
espontáneamente una enorme cantidad de flores silvestres. Y esto,
que puede considerarse normal, no lo es tanto, si se considera que éstas
eran únicamente de dos clases: rojas amapolas y blancas margaritas.
Dicen los botánicos modemos que tal mezcla de estas dos especies
es imposible que se produzca en la naturaleza. Son incompatibles “per
se”. Sin embargo, en Paiares
este fenómeno se da. No se puede explicar el origen de tal milagro,
pero ahí está.
Los genios de la tierra, esos que andan por debajo de los labrantíos,
sí lo conocen. En los lugares en que cayó sangre templaria,
han crecido flores rojas: las amapolas. En donde lo hizo sangre leonesa,
blancas margaritas. Y allí conviven ambas, en el único lugar
del mundo donde esto ocurre, para recordar el día en que ambos bandos
sellaron un acuerdo que trajo paz y prosperidad a la comarca.

